Roller Coaster

“La vida es una montaña rusa” y mi mayor miedo al montarme en una de ellas es que se abra el cinturón de seguridad.

Y nunca imaginas que esa montaña rusa de emociones pueda ocurrir en pocas horas, en una sola noche.

Con la inyección de alegría inicial y las expectativas de una noche inolvidable la caída es desde lo alto y el fracaso siempre supone una pizca de dolor adicional.

Eran las doce y media de la noche, del 1 de enero de 2010 y estaba con unos amigos en la gasolinera, esperando al coche que nos llevaría a la fiesta de fin de año en una casa de campo. Las expectativas por las nubes, jóvenes, primer fin de año lejos de centilenas y una gran fiesta. Tras treinta minutos de carreteras oscuras, en un antiguo coche conducido por el único con licencia de la pandilla, llegamos a una fiesta que ya había comenzado. Al llegar, recuerdo que los globos bailaban abriendo cercos en la cortina de humo clorofila. Las piedras del suelo danzaban al ritmo de la electrónica hipnótica y todos nos aclamaban dando la bienvenida con cerveza barata en vasos de plástico rojo. La primera subida de la montaña rusa.

Las primeras dos horas de fiesta las recuerdo apoteósicas. Una mezcla entre éxtasis de ilusión adulterado con una suerte de espíritu salvaje recién nacido en mi. Recuerdo que me sentía segura porque entre mis amigos estaba mi novio, un chico normal de costumbres corrientes, profesional de la amistad, que sacaría sin dudarlo su lado más protector si yo se lo pedía. Sin embargo, recuerdo bien que a mi, en ese momento, me apetecía que el abrazo protector, fuese de un amigo suyo. El que a veces se convertía en su enemigo secreto. Minutos de gloria para mí.

A la tercera hora de fiesta mi estómago daba sacudidas, en venganza por todo el alcohol en el que me había zambullido. En una de estas sacudidas, buscando el baño, me topé con el amigo de mi novio exhalando humo de clorofila.
En ese momento se me antojaba un dios, pero mi estómago me obligo a entrar en el aseo y desprenderme de todo lo que había bebido. Recuerdo que me mire en el espejo, me enjuagué la boca con pasta de dientes, me lave las manos y me sonreí a mi misma. Estaba siendo una gran noche y estaba dispuesta a que fuese aún mejor. Al salir, su amigo seguía ahí mirándome con cara de querer actuar de enemigo y me ofreció lo que estaba fumando. En ese momento le besé, le dí una calada y volví a fumar. Siguiente subida de la montaña rusa.

No recuerdo cuando tiempo estuvimos jugando a escondernos, pero recuerdo que paso un grupo de gente, una de las chicas me dijo: -Ya te vale. Jamás entendí porqué era yo la que estaba haciendo algo mal, si él estaba exactamente en la misma situación pero el reproche a la parte femenina es siempre automático.
Aún así nosotros seguimos alargando el juego y no sé si fue la excitación de las drogas, la erótica de lo prohibido, las hormonas danzantes dentro de mi que en ese momento todo el mundo empezó a dar vueltas a mi alrededor.

Nosotros bajamos y nos dispersamos entre la gente y escuchamos a un grupo diciendo que iban a hacer una excursión a las ruinas de una casa cercana. Bajada número uno. Tengo la imagen de mi novio, dándome la mano para que no me cayese al suelo mientras clavaba las botas de tacón en la tierra arada que conducía a la casa abandonada. Al llegar, solo recuerdo oscuridad, humedad y los restos de una gran cancela. Algo se movía en mí y no era la digestión de humo, alcohol y las ya lejanas doce uvas, sino que de alguna forma sentía que algo no andaba bien. Segunda bajada.

El enemigo de mi novio consiguió abrir la cancela y todos entramos dentro, era una casas ruinosa pero aún conservaba la majestuosidad del palacio rural que fue. Tenía al menos tres plantas, unas escaleras de madera quejumbrosas e infinitas habitaciones. Algunas con puerta, la mayoría no. La casa apenas tenía unos muebles incrustados en el polvo y la piedra de la pared, pareciera que la casa vivía y se alimentaba de su propio interior a diario. Nos separamos en grupos dispuestos a seguir investigando y a encontrar algún tesoro siniestro, los huesos de un cadáver por ejemplo. Tercera subida en la montaña rusa.

Yo me quedé con el grupo de la planta baja, con mi novio de la mano pues ahora requería su protección desmerecida. No me encontraba bien, sentía un dolor profundo en la piel del frío, una mezcla de baja temperatura y miedo. Nos quedamos en una habitación y desde un gran ventanal se veía la casa donde seguía la fiesta. De pronto se escucharon unos pasos muy rápidos, como si todos los que estaban en la segunda planta se hubiesen puesto de acuerdo para taconear a la vez.
– ¡Ehh! ¿Va todo bien? ¿Pasa algo? Dijo mi novio.
– Bajad ya, vámonos a la fiesta. Grité yo, como forma de pedir auxilio.
Y última bajada vertiginosa de la montaña.

Nada se escuchaba en la planta de arriba y de pronto, ¡Zas! Un estruendoso quejido del suelo. Un gran agujero se hizo en el recibidor. El suelo de madera de la segunda planta se había abierto por completo y alguien había caído desplomado en el recibidor.

No sé qué parte era verdad y que parte mentira porque había pasado mucho tiempo escondida inhalando ese humo mentolado. Pero recuerdo perfectamente lo inquietante de que todo ocurriese en el más absoluto silencio. El desplome sin un grito de auxilio, los de arriba no hablaron, nunca respondieron a nuestra llamada.

Nos acercamos corriendo al cuerpo desplomado. Era el enemigo de mi novio, mi más profundo deseo. Estaba inconsciente y envuelto en polvo, recuerdo que tenía la ropa desgarrada por las astillas del suelo cedido. Empezamos a gritar y los de arriba bajaron, con los rostros grises, las manos en la boca y los ojos desorbitados.

A partir de ahí no recuerdo nada con nitidez. Sólo que me quedé a su lado intentando reanimarle, llorando desconsolada, tratando de hacerle un torniquete en el brazo que le sangraba mucho por las flemas de carne abiertas de las heridas. Recuerdo que los ojos me picaban, una mezcla de lágrimas y máscara de pestañas y que mis lágrimas caían en su cara. Luego recuerdo las luces azules de un coche y la noche en un hospital.

Recuerdo que no podía hablar y que nunca volví a hablar con el que fuera mi novio, ni con sus amigos. Sólo recuerdo el silencio,la garganta desgarrada de grito y el cuerpo sacudido como si se te abriese el cinturón de seguridad del vagón de una montaña rusa.Roller Coaster

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